Una vez que Salman logró abrir la cerradura del portón de hierro, entró a una gran habitación obscura, apenas iluminada por un rayo de luz que venía del techo agrietado, por el que además se había filtrado gran cantidad de arena del desierto en los muchos siglos que el templo había pasado aparentemente abandonado.
Salman miró a su alrededor y pudo ver una abertura en el muro en el extremo más lejano de la habitación, seguramente por ahí podía entrar a la cámara donde se supone que debería estar la Espada de los Héroes. Aún siendo corpulento, atlético y curtido por las dos guerras en las que había peleado en nombre de la Reyna, entró de forma cautelosa, pensando que podía haber algún tipo de trampa en esa obscura y arenosa habitación. Cada paso que daba lo hacía con gran cautela, comprimiendo los músculos en caso de que necesitara dar un salto de evasión y estar preparado para lo que pudiera aparecer.
No había llegado a la mitad de la habitación, muy cerca de donde caía el rayo de luz justo en el piso, cuando la arena acumulada se empezó a mover. Supuso que era una trampa y dio un salto hacia atrás a donde había estado un paso antes. De pronto, la arena se levantó en una figura sólida de más de cerca de 2 metros y empezó a tomar forma humana. Parecía tener delante de él a uno de los grandes guerreros del Imperio Perdido, pero formado por arena enteramente. Incluso se podía ver que estaba ataviado de acuerdo con la usanza del Antiguo Imperio.
La figura del guerrero de arena habló con una voz seca pero resonante:
Aquel que busca la Espada de los Héroes debe mostrar su nobleza y su fuerza – dijo el guerrero de arena.
Mi fortaleza y mi nobleza están garantizadas por mi fe en mis dioses y mi lealtad a la Reyna – dijo Salman con orgullo.
Yo seré el que defina cual es su nobleza y su fortaleza, para lo cual tendrá que derrotarme – Al momento que terminaba de decirlo, el guerrero de arena sacó de su espalda una gran espada larga y curva.
Sabiendo que se avecinaba un ataque, Salman desenfundó su delgado sable, sin embargo, viendo la superioridad física de su oponente, antes de cualquier ataque le gritó: “¡Puedes medir mi nobleza y mi fortaleza con inteligencia, no es necesario luchar!”
El guerrero detuvo su ataque a medio camino, compuso su posición para dejar de ser agresiva y le dijo a Salman: no hay más nobleza ni fortaleza que la inteligencia. Ahora debes mostrar que eres digno de la espada de los héroes, debes decirme para que codicias la espada y si me das una razón convincente, podrás pasar sin tener que luchar.
Salman estaba convencido que su tarea era noble y que era suficiente decirle que necesitaba la espada para luchar en contra de las hordas invasoras del Norte y comandar a los guerreros del reino bajo un estandarte unido. Eso hizo, explicando al guerrero que buscaba la espada por una causa noble.
Una vez que terminó su exposición de razones, con el guerrero estando atento con su espada curva desenfundada, este le dijo a Salman: – Ese es un cuento muy simpático, pero no me interesa, solo quería saber que tan inteligente es mi próxima víctima, no te estaba probando, solo quería divertirme un poco antes de volver a ser arena. Ahora es tiempo de morir pequeño hombre noble. –
No eres un guardián de la espada, eres un demonio ancestral, guerrero de arena, pero no sabes nada del mundo exterior.
No necesito saber nada más, enfréntame pequeño mortal.
Si supieras del mundo exterior sabrías lo que el agua puede hacer. Salman sacó el agua que traía en un cuero de animal y lo roció sobre el guerrero de arena, el cual se convirtió en lodo, por lo que ya no pudo moverse.
Que me has hecho mortal, dijo el guerrero de arena en tono de enojo.
Te he convertido en lodo guerrero, ya no me molestarás más.

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