Por Dr. Ezequiel Colmenero-Acevedo.
Estaba llegando a casa después de un pesado día supervisando los trabajos de la empresa. Apenas había terminado de girar la manija y empezaba a abrir la puerta, cuando pude escuchar los sollozos de mi madre, era un lamento callado pero continuo.
Con prisa puse mi bolsa y mis llaves sobre la mesa junto a la entrada, y rápidamente me dirigí a la sala, de donde venía el sonido de lamento de mi madre. Ocupaba la orilla del sofá de 3 plazas, lloraba mientras sostenía un papel que había sido doblado en tres secciones. Me acerqué con cautela y le pregunté:
– Madre, ¿qué ha pasado? ¿Que tienes?
En medio de sus sollozos, mi madre trató de tomar aire a la vez que se limpiaba las lágrimas de la cara usando el dedo índice. Con los ojos rojos y mostrando una expresión de tristeza me dijo:
– Llegó esta carta hace un rato, son noticias del rancho, y son malas noticias.
– Déjame leerla madre, respondí – al tiempo que me pasaba la carta con su mano temblando. Rápidamente la leí y le dije: – No te preocupes, seguramente podremos solucionarlo, voy a encontrar una manera de resolver la situación.
– No hay forma de resolverlo – me dijo al tiempo que se levantaba del sofá, y que se dirigía hacia las habitaciones.
– No te preocupes madre, mañana pensaremos en algo y verás que todo saldrá bien – Le dije al tiempo que ella pasaba el umbral de la puerta de su habitación.
Mi madre cerró su puerta y no volvió a salir, incluso cuando le pedí que comiéramos una merienda juntos. Solamente me dijo que me fuera a dormir y la dejara sola. Así lo hice.
Una buena parte de la noche estuve despierto pensando en soluciones a lo había leído en la carta. Y tenía una buena. Una vez que amaneció salté de la cama para comunicarle a mi madre mis planes respecto a las malas noticias. Toqué la puerta de su habitación y le dije en voz alta que teníamos que hablar, al entrar en la habitación la vi, mi madre estaba colgada, suspendida inerte con la cuerda que amarraba la persiana y atada al candelabro de su habitación. Al verla grité, el mundo giró a mi alrededor y sentí que caía a un abismo.
Empecé a llorar con desesperación y caí sobre mis rodillas, las cuales aterrizaron sobre un papel que mi mamá había escrito a mano antes de morir, el cual decía únicamente tres palabras: No hay solución.

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