El Campamento de Verano (ejercicio en clase)

Published by

on

Ya era la segunda semana del campamento de verano en el que mis papás me habían recluido para librarse de mi y para evitar darme de comer. Más que un campamento era una prisión en la que tenía que sobrevivir por dos meses. Tal vez un campamento más normal hubiera bastado, pero mi papá me mandó a ese campamento militarizado, supuestamente para que me hicieran hacer ejercicio y bajara de peso.

Desde que llegamos al campamento quedó claro que si iba a bajar de peso, pero no por el ejercicio, sino porque los soldados que controlaban el lugar nos iban a matar de hambre. Nos dijeron que, además de todas las tediosas y aburridas actividades que tendríamos que hacer, como nadar, montar a caballo y aprender a disparar y tirar con arco, nos iban a permitir comer solamente tres veces al día. Seguro que bajaba de peso, incluso me podrían matar de hambre. Allí no se sabían divertir, no sabían que jugar videojuegos y ver YouTube es lo más divertido que hay, y comer solamente tres veces al día ya era una violación a nuestros derechos humanos.

En la primera semana había conocido a otro chico de 13 años, es decir un año menos que yo, se llamaba Eduardo. El también era cautivo en la misma celda que yo, a la que los guardias le llamaban “dormitorio 4”. Pero mientras yo siempre estaba hambriento, el parecía estar siempre feliz y rellenito.

Una noche me acerqué a su cama, pues dormíamos en celdas de hasta diez reclusos con tres baños por celda. El estaba acostado con la cobija sobre él, tapándolo como si fuera una tienda de campaña, la abrí con cuidado para que no reaccionara a mi intrusión y vi el origen de su felicidad, de alguna forma había llevado varias delicias del comedor a la celda. Chocolates, frutas, cereales, salchichas, pancakes, ¡era glorioso! Eduardo reaccionó con enojo por mi descubrimiento y lo confronté

“¿De dónde sacaste tanta comida Eduardo?, debes compartir o me dejarás morir de hambre”, “Esto es mío, no te daré nada, mi supervivencia depende de ello, y cuidado y me acuses” replicó con tono amenazador. Me retiré para evitar una confrontación y puesto que los demás se acercaban a ver de que era nuestra discusión.

A partir de entonces mantuve a Eduardo bajo la lupa, pero me di cuenta de que en realidad no era un chicho normal, sino que tenía poderes de teletransportación. Nunca lo vi sacar comida del comedor, pero siempre tenía comida con el después de la hora libre que de las 6 a las 7 de la tarde. El comedor estaba en un área restringida, cerrada y resguardada por nuestros carceleros. Fue por ello por lo que me di cuenta de que él iba al comedor en la hora libre, pero solamente podía entrar sin ser visto gracias a sus poderes de teletransportación.

En la segunda semana confronté a Eduardo en la hora libre, le dije que tenía que traerme comida o enseñarme a teletransportarme… él se rio de mí, y me dijo que no se teletransporta, pero que el entraba a la cocina porque su hermano ya había sido mandado de recluso al campamento antes y le había alertado que el antiguo sistema de ventilación junto a la alberca estaba en desuso y que conectaba directamente a la cocina, pero solamente alguien pequeño podía pasar por los tubos de ventilación. Fue una revelación, no era un ser poderoso, solamente era hábil y sabía algo que yo no.

Decidí que usaría los ductos con él para no morir de hambre. Era seguro obtener los alimentos que necesitaba, sobre todo algunos chocolates y repostería.

Fue difícil para mí subir hasta el acceso al ducto atrás del edifico de la alberca, pero una vez que entré entonces si fue una pesadilla. El ducto era sucio, obscuro y olía mal, se había dejado de usar hacía tiempo. Tuve que gatear detrás de Eduardo para llegar a reclamar nuestros tesoros alimentarios, y luego al final del túnel: una luz, la luz de la cocina. ¡Finalmente, estábamos llegando! Eduardo salió del ducto y bajó por un refrigerador y luego una mesa de metal, yo me prestaba a hacer lo mismo, pero de pronto: la venganza de mi forma humana, me atasqué en la salida. Al querer desatascarme solamente empeoré la situación, tomé una posición más compleja y no podía liberar ni mis manos.

Eduardo se vio presa del pánico, empezó a llorar y yo empecé a tener problemas para respirar. Afortunadamente un soldado de nuestros capataces pudo oír a Eduardo desde afuera, así que entró, nos descubrió y me salvó al ayudarme a desatascarme del ducto de ventilación.

A partir de entonces el resto del campamento fue una auténtica pesadilla, nuestra odisea se supo en todas las celdas y fuimos apodados “los cochicorchos” por los demás chicos. Ese sin duda fue el peor verano de mi vida, pero al final, bajo la presión y el ejercicio logré bajar un poco de peso, lo suficiente para que mis papás no buscaran hacerme bajar de peso por medios extremos. Sigo siendo redondo y feliz pero ahora tengo la fuerza para desatascarme de situaciones similares, o eso creo yo….

Leave a comment